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Torres del Rio – Logroño

Última etapa por este año y el día no se parece en nada al anterior. Si la etapa entre Estella y Torres del Rio ha sido una de las que mejor me he encontrado desde mi lesión esta, entre Torres del Rio y Logroño, no comienza muy bien. Sin sensaciones, sin feeling y, prácticamente, arrastrándome por los caminos comienza una de las etapas más duras que he soportado. La cuestión es que, no sé por qué, pero a todos los que estuvimos en el Karaoke nos pasa lo mismo. ¿Tendrá algo que ver? Jajaja.

Así, una etapa sin complicación ninguna y por unos caminos bastante cómodos se convierte en una dura y complicada etapa, más mental que física, hasta que llego a Viana. La etapa se inicia con una serie de subidas y bajadas durante unos tres kilómetros hasta que se alcanza la Ermita de la Virgen del Poyo a la altura de la cual ya comienza a verse, al fondo, Logroño, lo que hace más dura la etapa. Quedan unos 18 kilómetros y durante casi todos ellos vas viendo la ciudad y parece que siempre esté en el mismo sitio. Ya puedes andar el rato que haga falta que Logroño la sigues viendo a la misma distacia. Así que subida, bajada, subida, bajada y todo un paisaje en el que las viñas van haciendo acto de presencia te acompañan hasta que llegas al tramo de carretera que te lleva hasta Viana, último pueblo de Navarra antes de acceder a La Rioja.

Viana es un pueblo precioso con una entrada matadora y es que, cuando vas tocado, con la moral por los suelos y viendo que hoy no es tu día, la subida que da acceso al pueblo, tras pasar por un pequeño parque en el que un hombre me dijo que la fuente de la plaza estaba fuera de servicio, se hace eterna. Este pueblo me trae muy buenos recuerdos ya que fue el final de la segunda etapa de mi anterior aventura en el Camino de Santiago. Por suerte allí veo a mis compañeros de viaje y están pidiendo el café lo que quiere decir que, aunque creyera que mi ritmo del dia era muy lento, la verdad es que no era tan malo. Así que, cargado de moral, almuerzo en un bar, repongo el agua y de marcha hacia Logroño donde finaliza la etapa y la aventura.

No se que llevaría el bocadillo de tortilla de patatas que me comí pero la segunda parte del recorrido fue una gozada. Recuperé las fuerzas y la moral y el camino hasta Logroño fue mucho más cómodo. Una gozada. Al ritmo de mis compañeros fui avanzando kilómetros viendo al final del recorrido Logroño donde llegamos un poco antes de las 12. Tan solo la última subida y su correspondiente bajada por cemento hizo que sintiera mis ampollas de las cuales ya ni me acordaba. Allí nos encontramos cerrado el albergue municipal hasta la una de la tarde así que nos sentamos en la calle junto al resto de peregrinos que ya había allí apostados esperando la apertura.

Lo que no se debería permitir en el Camino de Santiago es que, gente que es voluntaria, sea tan antipatica. Alli había un hombre y dos mujeres a las que les daba igual si teníamos o no plaza, si estábamos o no al sol, si había mucha o poca gente. Con un desprecio y una prepotencia increíble los tres se encargaron de enfadar a todos los que allí estábamos y de conseguir que tuviera que acercarse la policía a ver lo que ocurria. Si tienes solo 68 plazas no cuesta nada salir y comunicarlo para que aquellos que sepan que no van a tener plaza se busquen alojamiento. No es lo mismo andar a las 12 que a las dos de la tarde pero claro, eso a las hospitaleras les da igual. Ellas están en su mesa con aire acondicionado y, como dijo el hombre que se encargaba de apuntar el DNI, si los peregrinos estaban pasando calor sin saber si tendrían plaza “que se jodan, ese no es nuestro problema”.

Tras ducharnos salimos a comer pintxos por Logroño. Nos lo habíamos ganado (ya eran 100 kilometros con el tibial inflamado y no iba a seguir) así que me fui con la parejita de Ontinyent a disfrutar de las maravillas que ofrece esta ciudad a sus visitantes. Unas cervecitas, unos pintxos y los más de 40 grados que teníamos se hicieron más llevaderos. Luego siesta en el albergue, bajada al patio a poner los pies en esa maravillosa fuente con agua fría que había mientras conversaba con el resto de peregrinos y a comprar los billetes del bus antes de volver a salir por la calle Laurel y alrededores en la que nos encontramos con los dos figuras con los que estuvimos la tarde anterior y que nos mostraron los mejores sitios de Logroño antes de regresar al albergue a dormir no sea que nos cerraran a las 10 y no nos dejaran entrar después.

Al día siguiente, ya sin necesidad de madrugar, nos levantamos tranquilamente, nos fuimos a la estación de autobuses donde dejamos las mochilas y nos fuimos a un bar a desayunar antes de emprender un viaje de siete horas que nos devolvió a Valencia poniendo punto y final a esta maravillosa experiencia que ha sido el Camino de Santiago en el cual he disfrutado mucho más de lo que he sufrido y que, sin lugar a dudas, repetiré tan pronto pueda. Eso sí, a Logroño habrá que ir un par de días antes para poder disfrutar de esta preciosa ciudad que no conocía tan a fondo.

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