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Pineta y el Monte Perdido

Tras quedarnos prendados de la belleza de este maravilloso y mágico lugar que es el Parque Nacional de Ordesa y el Monte Perdido decidimos volver a conocer otra de las zonas más famosas que hay en él. Así nuestro objetivo, esta vez, es alcanzar el bello y espectacular Balcón de Pineta, una subida durísima y muy exigente que nos llevará hasta los pies de los glaciares de la cara norte del Monte Perdido, glaciares que, por desgracia, cada vez van menguando y perdiendo espectacularidad. Aún así es un sitio a visitar por cualquier buen amante de la montaña en cualquiera de sus versiones. Para comenzar y estirar un poco las piernas antes de la pechada que nos espera no hay nada mejor como disfrutar del casco antiguo de Ainsa, pueblo típico de los Pirineos que sirve de entrada a esta parte del parque. Nuestro alojamiento es el Hotel Los Arcos un pedazo de hotel situado en la antigua plaza mayor del pueblo con unas vistas a las montañas del Parque Nacional de Ordesa y del Monte Perdido que quitan el hipo.

Tras degustar la buena cocina de esta parte de los Pirineos, pasear por las calles de este precioso pueblo y dormir plácidamente en nuestro hotel llega el momento de comenzar el camino hasta el parking de Pineta desde el cual comenzará una de las mayores “pechadas” que te puedes dar en nuestro país. Más de 1300 metros de desnivel que se superan en poco más de 6 kilometros hacen que se sude a base de bien al tiempo que se disfruta del paisaje “más veces” de lo normal. El recorrido comienza desde el parking de Pineta junto al Parador, desde el que solo se ve una enorme pared por la cual “debe” haber un camino por el que subir. Hay un camino por el que se va metiendo la gente y el GPS nos manda por ahí así que allá vamos. Nuestra idea es quedarnos a dormir arriba así que cargamos con tienda de campaña, aislantes, sacos de dormir y comida.

El principio de la ruta es por un bosque frondoso que nos libra de mojarnos por la lluvia que comienza a caer en el mismo instante en el que iniciamos la marcha. Las previsiones no son nada buenas y las nubes que se ven arriba, y que llegan desde Francia, lo confirman. La lluvia, por suerte para nosotros, cesa en el mismo instante en el que cogemos el primer desvío y abandonamos el bosque. Hasta aquí ha sido una subida sencilla, por un camino bien marcado y ancho, lleno de raices y con una humedad bestial eso sí. A partir de aquí comienza el verdadero calvario que nos llevará hasta el Balcón de Pineta. Pronto la pendiente comienza a ser más pronunciada. Seguimos sin ver el camino y solo la visión de las personas que nos preceden nos permiten hacernos una idea de por donde hay que ir. La verdad es que el camino está bien marcado, estrecho, con muchas variantes, pero bien marcado. No hay que olvidar que estamos en el camino de la Monte Perdido Extrem, ruta de unos 46 km que da la vuelta al Monte Perdido y que, algunos locos de la montaña, se hacen en unas 9-10 horas.

Nosotros seguimos subiendo por la pared que tenemos delante nuestra disfrutando del paisaje y, sobre todo, de las Cascadas del Cinca salida natural de todo el agua que se almacena en la parte de arriba, ya sea en el Lago de Marboré, en los Astazous o de la nieve que se recoge durante el invierno en la cara norte del Monte Perdido. Así la belleza del paisaje hace que te olvides del sufrimiento y disfrutes de la subida que vas haciendo casi sin darte cuenta. Poco a poco quemas las energías que tienes, vas ganando altura y disfrutando de unas vistas maravillosas del Valle de Pineta y de los llanos de Lalarri una preciosa planicie en lo alto de la montaña.

De repente, y casi sin darnos cuenta, el camino comienza a estrecharse. Se rodea una gran roca, se alcanzza una pequeña cascada y al mirar hacia arriba… sorpresa. La iamgen más conocida de esta subida se abre ante nuestros ojos. Cuando ya pensabamos que estaba casi todo superado aparece el famosísimo embudo de Pineta. Una pendiente de unos 50-60º se abre ante nosotros. Zetas y más zetas van marcando el camino para poder hacerlo lo más comodo posible. Estamos a unos 2200 metros de altitud con la cabeza como una bota, esto de vivir al nivel del mar es lo que tiene cuando vas a las montañas, y ante nosotros una pared de 300 metros en vertical.

No hay más remedio que subir si queremos disfrutar del paisaje que nos espera así que a continuar subiendo, con las fuerzas flaqueando cada vez más pero con mucha ilusión y ganas. La subida se hace muy pesada (la bajada el día siguiente aún es peor), vas avanzando y avanzando pero siempre ves el final a lo lejos. Pero poco a poco y paso a paso en la montaña se hacen milagros y lo que parecía lejano, pronto se puede tocar con los dedos. Un nuevo giro, un paso por un riachuelo y ya estamos arriba. Hemos llegado al Balcón de Pineta y podemos disfrutar de unas vistas espectaculares del valle pero, por desgracia y por culpa de la niebla que se cierne sobre su ladera, no vemos el Monte Perdido. Nos conformamos con ver el Lago de Marboré, el refugio de Tucarroya, primer refugio que se creó en los Pirineos allá por 1880, y los Astazous que, aunque tienen la cima cubierta por la niebla, sí que se ven. La sensación de frío y humedad es intensa. Junto al Lago de Marboré vemos a la gente que nos precedía en la ascensión. Ellos comenzarán en breve su camino de descenso por el mismo sitio por el que hemos venido pero nosotro dormimos aquí arriba así que disfrutamos de la extraordinaria belleza del paisaje y nos ponemos manos a la obra.

Buscamos un sitio para montar la tienda a los pies del Monte Perdido que, poco a poco, va dejando ver su belleza y sus glaciares. La niebla se retira poco a poco, casi sin querer, hasta que a última hora de la tarde, aparece el segundo glaciar. Estamos solos, cenando a los pies del Monte Perdido, disfrutando del crujir de la nieve del glaciar, pasando un frio de cojones, y preocupados por el viento tan fuerte que arrecia cada vez más y las nubes que se acercan, pero la experiencia ha valido la pena. Al día siguiente amanece despejado y el Monte Perdido se muestra ante nosotros majestuoso, con su cara norte y sus glaciares bien bonitos. Junto a él el Clindro y el Soum de Ramond le acompañan formando las tres sorores que un año antes habiamos observado desde Ordesa. Una imagen maravillosa que hace que subir hasta aquí valga la pena.

Aún queda la bajada y es que, si subir ha costado lo suyo, bajar no va a ser menos. Las fuerzas no acompañan y las rodillas se resienten por las fuertes pendientes por las que vamos. Es una tortura y tan solo la desaparición, a medida que vamos perdiendo altura, del dolor de cabeza y las ganas de llegar abajo hacen que sigamos andando. Por fin llegamos al coche. Ahora toca una pequeña paliza más y es volver a Valencia enteros y es que no hay que olvidar que la cima de una montaña está en su valle.

Comentarios (3)

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  1. Tomás dice:

    La verdad que os habéis marcado una buena ruta, y a buen seguro un mejor despertar…
    Pero la subida no es durísima como decís, pues está incluso barrenada en algunos tramos para ser más suave y que pudiera subir la caballería en otras épocas, de hecho suben muchos turistas de todo tipo. Esto no quita que con tienda al lomo y el resto de utensilios, con un sobrepeso se haga interminable, más aún su bajada.
    Buen viaje

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