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Me voy a Los Ángeles… pero me quedo en Santa Bárbara

La noche anterior ya había consultado el parte meteorológico para San Francisco y toda la zona de California y, la verdad, no era nada agradable. Por la zona norte iba a estar un par de días lloviendo y no me apetecia pasar otro día de lluvia en San Francisco así que, al ver que en la zona de Los Ángeles parecía que las lluvias no iban a durar tanto, decidí coger el coche y hacerme un porrón de kilometros para poder aprovechar los dos días que me quedaban antes de partir hacía New York al encuentro con mi hermano.

La distancia que separa San Francisco de Los Ángeles es de unas 380 millas, algo más de 600 kilometros, así que paciencia, tranquilidad y a tirar millas por la West Side Fwy. La famosa, conocida y espectacular Interestatal 1 que va por la costa ya la había hecho anteriormente viendo lugares tan interesantes como Santa Cruz, Monterrey, Big Sur o Santa Barbara que, al final, se convertiría en mi destino del día ya que era una zona cercana a Los Ángeles en la que me hubiera gustado pasar más tiempo.

Las autopistas en Estados Unidos son impresionantes. Enormes carreteras de 3 o 4 carriles, como mínimo, llenas de coches haciendo millas y millas gracias al precio de la gasolina y con áreas de servicio que parecen ciudades en medio de la nada. El trayecto no es que fuera muy divertido, lluvia a intervalos, carretera mojada y la soledad de tener que conducir durante casi un día para poder llegar a mi destino. A pesar de salir a las 8 de la mañana no llego hasta Santa Bárbara hasta las cuatro de la tarde así que, entre el cansancio del viaje y la amenaza de lluvia que hay, no hago mucho en esta ciudad.

Un pequeño paseo por el Goleta Beach Park, una vueltecita por la ciudad dentro del coche, una sorpresa enorme al observar una plataforma petrolifera a escasos 500 metros de la costa y a tomar una cervecita que me la había ganado. El lugar elegido fue el The James Joyce situado en el 513 de State St. y que fue un descubrimiento inesperado. Un pub irlandés con el suelo lleno de cáscaras de cacahuetes en el que un grupo de unas 7 personas amenizaban el local tocando canciones típicas irlandesas al tiempo que la gente bailaba y cantaba. Un lugar para visitar y pasar un rato agradable rodeado de buena música, buen ambiente y buena compañia.

Tras disfrutar de un rato de música irlandesa, y de su cerveza también, me busco un sitio para cenar y, como estoy cansado y no quiero marear mucho, no hago más que salir del pub y cruzar la calle al otro lado donde está el Sandbar, 514 de State St., donde me meto, entre pecho y espalda, unas steak fajitas al carbón que están para chuparse los dedos y que son las culpables de que me entre la modorra y decida irme al hostel a dormir a esperar al día siguiente en el que, ya sí, me toca llegar a Los Ángeles, imaginándome la que podríamos liar si tuvieramos las parrillas que tienen por esta zona junto a las playas. La de chicha que ibamos a torrar en ellas…

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